lunes, 6 de julio de 2009

Sangre india, de Ricardo Mariño. - Texto para ser trabajado por los alumnos de segundo grado.

Según mi madre, cuando yo estaba por nacer se armó una discusión entre mi padre, que era hijo de catalanes, y mi abuela, que era india.
Mi madre estaba en el suelo, sobre una manta, y a su lado se peleaban mi padre y mi abuela. Cada uno tenía una idea de cómo debía realizarse el parto y la explicaba a gritos: mi padre decía en catalán que mi madre debía permanecer acostada, y mi abuela decía en su lengua que debía colocarse en cuclillas.
Mientras ellos peleaban, yo vine al mundo por mi cuenta y eso – según mi madre – me hizo “independiente y de pocas pulas”. Mi padre, en cambio, decía que yo era “un potro sin domar, “ un caso perdido” debido a que por mis venas corre sangre india.
En fin, nací en 1775 en un rancho de adobe que estaba a una legua más al sur de ensenada, cerca de un arroyo. Allí teníamos todo lo necesario para vivir y lo que nos faltaba lo fabricabamos o lo traía mi padre de Buenos Aires cuando iba en la carreta a vender cueros.
Al parecer, meses antes de que yo naciera, los negocios familiares andaban muy bien. Mi padre transportaba aguardiente, tabaco, yerba, y lienzos para un pulpero de la zona.
Mas tarde –vaya a saber por qué- se llevaron preso al pulpero y aquel negocio terminó. Mi padre no quiso ir por un tiempo a Buenos Aires, y por eso yo no fui bautizado. Seguramente después me hice grande y se olvidaron de hacerlo.
Pasé los primeros años en la soledad de aquellos parajes, temiendo que una noche los indios nos quemaran la casa.
Sin embargo, los indios que pasaban por allí eran pacíficos. Venían en pequeños grupos y llevaban plumas de avestruz y cueros de vaca para vender en Buenos Aires. Las pocas veces que se detuvieron, mi padre los trató con desprecio, quizás para impresionarlos porque –quizás- también él les tenía miedo.
Para felicidad mía y de mi hermano Miguel, tres años mayor que yo, un día mi padre dijo que nos iríamos a vivir a Buenos Aires, donde levantaríamos una casa en un territorio que le había dado un primo.
Allá nos fuimos un día, cargando todo en la carreta y seguidos por un par de caballos y los quince perros que teníamos. Cuando estábamos llegando, mi hermano y yo nos desilusionamos… ¿Eso era Buenos Aires?
Nos equivocábamos: es que nuestra nueva casa estaba en las afueras de Buenos Aires. A la verdadera ciudad la conocimos al día siguiente cuando mi padre nos llevó a la Plaza Mayor.
Cuando llegamos a las primeras cuadras de empedrado mi hermano y yo enmudecimos: nunca habíamos visto tantas casas y este tipo de gente paseando tranquilamente por las aceras, tantos carruajes y caballos, y los negocios casi pegados uno al lado del otro. Después, en la plaza Mayor el movimiento se multiplicaba y nuestros ojos no tuvieron descanso: al lado de un puesto de licores, una negra vendía empanadas y enseguida había un viejo que ofrecía verduras, y por todos lados carretas que entraban y salían, y perros y olores y gritos y movimiento. Recuerdo que pensé: ¡La ciudad es algo maravilloso!

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